Meditacion misionera de Agosto- Septiembre

Publicado en por Redactor Jefe de nuestra revista:

 

Meditación misionera - agosto-septiembre 2010

Haití nos desafía

A principios de julio, hice una última visita en calidad de Padre general a los oblatos de Haití. No estaba prevista con anterioridad, como tampoco el terremoto del 12 de enero de 2010. A manera de meditación misionera, he aquí un extracto de mi carta a la Provincia enviada el 12 de julio, exactamente seis meses después de la catástrofe:
 
“Ustedes tienen un mensaje importante que entregar a la Congregación, sobre todo con motivo del Capítulo general que tiene como tema la conversión. Durante mis cuatro días en Haití, lo que pude ver y oír en les Cayes, en la carretera, en el centro de la capital, en Sibert y Blanchard, en coloquios con tres obispos, etc. fueron muy ricos y densos en contenido. Comparto con ustedes tres temas, por el modo cómo nos entregan lo que viven este tiempo difícil para el país.

“En primer lugar, nos dan un mensaje de desapego; es alguien de entre ustedes que empleó esta expresión. Con más que doscientos mil muertos en enero y un millón y medio de personas que viven aún bajo carpas, seis meses después, en que todo lo que se poseía o se perdió, se hace bastante relativo. Entre los muertos, se cuentan a un escolástico y muchos de sus parientes. Varios entre los oblatos me dijeron que habían tenido la suerte de salvar sus vidas. Muchos de sus parientes están entre los que viven bajo techos provisorios y ustedes mismos tienen alguna experiencia de vida bajo las carpas.

“En segundo lugar, percibí en Haití un profundo sentido de la Iglesia como una gran familia. Laicos, clero y religiosos están al servicio; todos juntos trabajan con los que se encuentran en necesidad: programas de ayuda inmediata, recepción de niños en las escuelas, y planificación con el fin de reconstruir los templos, las escuelas y los centros de formación. Este espíritu de unidad es una señal importante para el país en el momento en que la organización política sigue siendo aún frágil; muchas personas necesitan gestos y palabras proféticas de los dirigentes de la Iglesia, que deben hacer visible la presencia de Cristo entre nosotros. ‘Viendo a las muchedumbres, tuvo compasión de ellas, parecían agotadas y despistadas como ovejas sin pastor.’ (Mt 9,36)

“Y finalmente, nos enriquece el testimonio de la fortaleza de la fe, que sentí tremendamente vigoroso entre ustedes. ‘Nadie ha maldito a Dios’, me decía Mons. Hubert Constant. Otro señalaba que como consecuencia de la catástrofe, varios han crecido en la fe, esta fe pascual que es nuestro tesoro más importante. ‘La cruz de Jesús está en el centro de nuestra misión.’ (C 4) Sólo esta cruz es la clave que abre la puerta a una nueva vida.

“Vi su fuerte despego, su sentido de la Iglesia y su fuerza de fe, pero lo que comparto con ustedes no son más que mis impresiones. Tendría muchas otras cosas que añadir. La Congregación solidariza con ustedes; ustedes ayuden pues a la Congregación que estará pronto en Capítulo para obtener, verdaderamente la gracia de una conversión personal y comunitaria más profunda. Los cinco haitianos que estarán en la sala de nuestra gran asamblea serán portavoces de ustedes.”

Queridos lectores, con estas reflexiones, concluyo ahora un ciclo de meditaciones, de once veces al año, que comenzó en 2002. Lo sentía como una llamada para compartir con la Congregación y nuestros amigos cierta parte de las grandes cosas que Dios ha hecho a través de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada por todas partes en el mundo; y las invitaciones que el Espíritu Santo nos dirige aún. Gracias por su lectura, y sigamos por los caminos de la evangelización como misioneros contemplativos.

“El misionero debe ser ‘un contemplativo en acción’. La respuesta a los problemas, la encuentra a la luz de la palabra divina y en la oración personal y comunitaria.”

“El misionero, si no es un contemplativo, no puede anunciar a Cristo de una manera creíble; es testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: ‘Lo que contemplamos…, el Verbo de vida…, es el que les anunciamos’ (1 Jn 1,1-3).” (Juan Pablo II, en Redemptoris Missio 91)

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